Con la luz del viejo jefe

No voy a llenarme la boca con la selección uruguaya de fútbol porque a esta altura desde el más humilde de los medios hasta el Presidente de la República, anduvieron entreverados en la cosa, hablaron desde los que sabían hasta los que ignoran si la pelota es redonda, de cuero o de plástico, en gajos o pentágonos, cosidos o pegados.

Cada cual con más cara de inocente, escondiendo su soberbia y llevando agua para su propio molino y la cosa es así, cuando las cosas andan bien hasta los caracoles dan leche.

Sentí a los locutores argentinos por los medios, celular mediante, que ni un carrero de los de antes, vociferaba e insultaba a la madre de sus mulas empacadas como lo como lo hicieron con Messi, hasta que el martes hizo tres goles y volvió a compartir el Olimpo con Maradona y los demás dioses y los ángeles y las vírgenes anteriores, actuales y futuras.
Soy de los que ve un partido y cuando hace un gol mi cuadro o la celeste quedo afónico de entrada con el primer grito y se me caen las lágrimas cuando la cosa viene muy bien o muy mal, casi como cuando ejecutan el himno o pasa la bandera.

Si fuera un jugador de fútbol de esta generación, como Messi o el loco Suárez o Cavani, ganando las fortunas que ganan en Europa no vendría a jugar acá, ni mamado, para que cualquier descosido me fracturara y me saque de por vida del fútbol.
Ellos tienen condiciones y se matan por ser estrellas y cuando van a Europa, tienen un equipo que juega para ellos y se aburren de hacer goles y acá, no juega todo el equipo para una o dos estrellas, ahí la diferencia del público argentino con Messi y el uruguayo con Suárez o Cavani que entre los dos van a todas las pelotas y las pelean con uñas y dientes, esto último preferentemente con Suárez.

Me vino a la memoria que siendo un niño, al que no le faltó nada porque mis viejos la pelearon para que así fuera y porque tuvieron las posibilidades de hacerlo, dentro de las limitaciones de tener poco, carecer de bicicleta, tenía demasiado, con tener a mi padre y un techo con comida y el Negro Jefe arrancó de menos diez y llegó por sí y ante sí.
Estaba siendo niño en la quinta de mi madrina que era una señora casada con un esposo con mucho dinero y dando la vuelta al gallinero donde estaba el “Chingolo”, un pollito que desde recién salido del huevo, había sido criado por una maestra solterona, en un apartamentito del último piso del Palacio Díaz, que había crecido guacho y tuvo que llevarlo a uno de los gallineros de la quinta y a la semana cuando lo fue a visitar, la sacó a espolón y pico del gallinero, porque le gustaban más las gallinas sussex a él, que era un rodhe island, que una maestra solterona, que los alumnos de la escuela Venezuela, conocieron como “la Búfala”.
Como hubieran disfrutado los niños de dicha escuela si hubieran vivido esa escena en que “Chingolito”, era puro saltos y vuelos a la altura del pecho meta pico y espolones, con la Búfala en presurosa retirada.
Te acuerdas Charo, Silvia, Adriana y Bernardo como los trataba a Uds. la Búfala en la escuela, esta escena en el gallinero la disfruté yo, como un descosido.
En la casa del quintero funcionaba una radio de aquellas de antes, con forma de capilla, y no se notaba claramente lo que decía el locutor sin perjuicio que yo entendía muy poco, sobre todo que como hincha de Rampla, a mis pocos años, no tenía la menor idea que se estaba jugando un campeonato mundial de fútbol y menos que era la final.
El quintero era un gallego bien quemado por el sol, con lentes negros para disimular sus ojos bien hundidos en la cuenca de los mismos, no sé si era por un accidente, o por nacimiento o qué tipo de enfermedad, porque en aquella época los niños veíamos, guardábamos y no preguntábamos.
Su hijo un muchacho grande, que terminó poniendo un club político en la esquina del almacén del Gallo en Barros Blancos, Camino Maldonado esquina Camino Helguera, el que después llegó a fiscal en el casino de Atlántida, luego llegó a intendente de Canelones y cuando la dictadura, terminó siendo consejero de estado.
El futuro integrante del gobierno cívico militar, en ese entonces era un chiquilín grande, que no sé si estudiaba, ni me importaba, porque yo estaba en la mía disfrutando como el Chingolo sacaba cortita a la Búfala del gallinero.
Justo en ese momento se armó un griterío dentro de la casa y el muchacho saltaba y gritaba “Gol Uruguayo, gol uruguayo” y me arrimé a la casa a ver qué pasaba y me hicieron entrar, porque como gurí chico, no entraba a ningún lado sino era invitado y asistido con la venia de mi madre.
Recuerdo que el hijo del quintero, al saltar como loco se le volaron los botones de la bragueta de los pantalones.

Eso fue lo que viví del campeonato de Maracaná, no tenía la menor idea de nada y si la tuve fue por los comentarios que sentí después y lo que he leído con el tiempo.
Ahí fue donde nació una leyenda fundada en la historia, la de un criollo de ley, Obdulio Jacinto Varela, que era de ascendencia negra con blanca, hijo natural de Juana Varela, nacido el 20 de setiembre de 1917, cosa que nadie festejó en este bendito páis, el centenario del Negro Jefe.
El capitán de la celeste cuando el maracanazo de 1950, armado de un coraje, consciente o inconsciente, les dijo a sus jugadores ante los más de 200.000 espectadores locatarios, la siguientes palabras que quedaron grabadas en el libro de oro de las glorias del futbol uruguayo: «¡¡¡No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once contra once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines!!!».
El negro jefe no marcó ningún gol en la final ante Brasil, pero demostró que con un brazalete de capitán también se pueden ganar partidos.
Mientras los dirigentes del fútbol uruguayo se conformaban con perder por menos de cuatro goles ante Brasil, Obdulio Varela sí creía en el milagro charrúa. Por eso, cuando Friaça en el minuto 48 hizo el gol ‘El negro jefe ‘recorrió treinta metros para recoger el balón del fondo de las mallas, reclamar un fuera de juego inexistente al juez de línea y dejar el cuero en el centro del campo para hablar esta vez con el árbitro del partido. Todo para acallar a las 200.000 personas que celebraban sin parar el gol de Brasil.

“Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el partido, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del partido, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto fuera de juego que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés.
Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos podían ganar nunca, nuestros nervios se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil”, así explicaba Obdulio Varela cómo cambió el destino de un partido que en principio tenía perdido Uruguay.

Al grito de “ahora sí, vamos a ganar el partido”, Uruguay inició la remontada que le llevó a proclamarse campeona del mundo. Obdulio Varela recibió el trofeo en una esquina de Maracaná sacando de las manos de Jules Rimet aunque años más tarde se arrepentiría de haber ganado aquel partido. “Si volviese a jugar esa final prefería perderla. Parecía que los dirigentes eran quienes habían ganado el trofeo», reconoció.
Y es que mientras los jugadores recibieron una medalla de plata conmemorativa y un poco de dinero, con el que Obdulio Varela se compró un Ford que le fue robado a la semana siguiente, los dirigentes de la Federación uruguaya se otorgaron a sí mismos una inmerecida medalla de oro. Aunque parezca increíble, el deportista uruguayo más importante del siglo XX falleció en la pobreza en 1996. El gobierno uruguayo se encargó de todos los gastos de su muerte pero llegó tarde para brindarle el homenaje que Obdulio Varela se merecía.
Vaya que si tenía los huevos bien puestos en la punta del botín, pero tan bien que esa noche salió solo por las calles de Río contemplando con tristeza el dolor que había causado a ese pueblo, y termino mamándose con ellos. Fué un hombre con todas las letras. El Capitán más grande del futbol uruguayo.

El 16 de julio de 1950, Río de Janeiro se sumergió en el luto.
Cuando Jules Rimet entregó la Copa del Mundo al capitán uruguayo Obdulio, ‘El Negro Jefe’ Varela, cada brasileño se sintió como si hubiera perdido al ser más querido, como si su honor y dignidad hubieran desaparecido.
Pero todos apuntaron con su mirada acusadora al golero Moacyr Barbosa como el principal culpable de la derrota ante Uruguay.
“En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable”, reconoció el propio Barbosa en una entrevista antes de morir el 7 de abril de 2000 entre el olvido y el desprecio de sus compatriotas.
El propio Barbosa narró el ‘maracanazo’ que le ‘costó’ la vida. “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado a córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota”.

Como premio a su trabajo y dedicación, como empleado del estadio, le regalaron la portería que él defendía en Maracaná. Quemó la madera pero no pudo deshacerse del desprecio de la gente. “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”, confesaba una y otra vez Barbosa.
Brasil y Uruguay jugaron la misma cantidad de partidos antes de la final es decir que el «desgaste físico» es el mismo para ambos … te dire que Brasil por sistema de goal-average solo con empatar era el campeon, se puso 1-0, en su casa de Maracana con 200 mil personas a su favor, y sin embargo Uruguay remonto a 1-2 … es una hazaña y por eso se recordara por siempre como el «Maracanazo» y sera siempre el punto más alto del orgullo con el cual los uruguayos podemos hablar de futbol con cualquiera y no es solo por el Mundial de 1950 … tenemos mucha riqueza en lo que es cuestiones de futbol.

La infancia y juventud de Obdulio fue complicada.
Era un chico asmático e hijo de padres separados. Comenzó a jugar al fútbol en los potreros de su barrio, luego en el club Deportivo Juventud, y en el año 1937 pasó a ser un jugador semi profesional en el legendario Club Montevideo Wanderers. En 1943 lo adquirió el Club Atlético Peñarol, institución que lo contó en sus filas hasta su retiro, en 1955. Debutó en el seleccionado uruguayo en 1939 y en 1942 fue campeón sudamericano.
Ello significó ganarse el apodo de «negro jefe». Sin gritos y sin histerias sabía poner en vereda con severidad a sus compañeros de equipo cuando éstos no hacían las cosas como debían; bastaban unas pocas palabras, o quizás una mirada llena de rigor como la de un padre severo con sus hijos para darse cuenta que se tenía que poner mayor empeño en tal o cual aspecto del juego. Asimismo fue muy respetado por sus rivales ocasionales, los cuales sabían que con este «gran negro» no era conveniente buscar problemas. Aunque Obdulio Varela fue un jugador del tipo recio, siempre fue partidario del juego limpio, sin mañas, desdeñando la brutalidad.
En cierta ocasión, como capitán de Peñarol, un adversario golpeó brutalmente y con toda alevosía a uno de sus compañeros. La agresividad de ese contrario ameritaba la expulsión inmediata del juego, ello era evidente. Pero de forma inexplicable, dicha falta se sancionó como una simple contingencia del juego. Obdulio Varela tomó de inmediato el balón, se dirigió al juez, y de manera respetuosa le observó que si en algún momento algún jugador de su equipo, es decir, de Peñarol, cometía semejante acto de brutalidad, le pedía por favor que lo expulsara de la cancha, puesto que él, como capitán, no podría tolerar que uno de los suyos realizara semejante acto tan desdeñable.

Es indudable que Brasil se presentaba como favorito indiscutible, conformando un equipo de grandes jugadores, muy bien entrenados, los cuales tenían tras de sí a una «torcida» (partidarios) de más de cien millones de habitantes semejante acto tan desdeñable.
Las características de los partidos finales fue que todos tenían que jugar contra todos, es decir, no había eliminatorias. Aquí fue en donde Brasil mostró su gran envergadura como equipo.
Así estaban las cosas para el encuentro final entre Brasil y Uruguay. Los jugadores brasileños mostraron la gran contundencia que se esperaba de ellos: 13 goles en dos partidos y solo 2 en contra: los uruguayos 5 a favor y 4 en contra.
Uno de los dirigentes entró a dicho recinto para «alentar» a los jugadores y les expresó que «perdiendo por menos de cuatro goles de diferencia se salvaba el honor». Rápidamente Obdulio Varela salió al cruce y respondió con verdadera autoridad: «¿perder?… ¡Nosotros vamos a ganar este partido! «
Obdulio Varela agregó algo muy importante antes de salir al campo, «muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba… ¡vamos a salir a ganar el partido! «.
Obviamente la entrada de los locales fue verdaderamente apoteósica, ello se pudo percibir por las distintas estaciones radiales que transmitían el partido tanto para Brasil como el Uruguay y en donde apenas si se pudieron escuchar las palabras de los locutores debido al ruido ensordecedor que emanaba desde las tribunas, ahora entiendo por qué se escuchaba tan mal en la radio del quintero.

Brasil seguía dominando el juego, atacando constantemente; pero estaba ocurriendo algo llamativo: los locales no podían convertir ningún gol. Es cierto que dominaban el juego, que ellos eran los que tenían en forma repetitiva el balón en sus pies, pero la defensa uruguaya era un verdadero muro de acero.
Comenzó el segundo tiempo, y ante un descuido de la defensa uruguaya, apenas a los 2 minutos de iniciado el juego el equipo brasileño convierte un gol. Si la entrada de estos al estadio había sido apoteósica, en esta ocasión el grito eufórico de los asistentes al encuentro se escuchó prácticamente a varios kilómetros del estadio. Todo Brasil estaba radiante, eufórico, ¡ya podían comenzar a festejar!

No bien el jugador Albino Cardoso Friaça convirtió su tanto, Obdulio Varela tomó rápidamente la pelota, y sin soltarla se dirigió al juez, Mr. George Harris (de Inglaterra) para quejarse dado que para él, ese gol debía de anularse, había sido hecho en situación de «fuera de juego», es decir, «off side». Obviamente el «negro jefe» hizo su reclamo en el idioma español, pero como el árbitro inglés no hablaba dicho idioma, hubo que llamar a un intérprete; este tardó en llegar, con lo cual el tiempo estaba pasando y por dicho motivo el reinicio del juego se demoraba . Según se relata en el libro del periodista deportivo uruguayo Juan Pippo titulado «Obdulio Varela: desde el alma», «¿La verdad? Yo había visto al juez de línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran… me insultaba el estadio entero ? obviamente por la demora del juego ? pero no tuve temor… ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Sabía lo que estaba haciendo», agregó. «(…) «Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego, si no lo aquietábamos, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido».
La conversación entre el capitán de los uruguayos y el árbitro del partido se prolongó durante varios minutos; ello causó lo que Obdulio Varela esperaba, el objetivo tan deseado, dado que él sabía muy bien lo que ello significaría: enfriar a los brasileños, tanto jugadores como también al público y les dijo a sus compañeros con un espíritu muy, pero muy positivo, «bueno, se acabó, ahora vamos a ganarles a estos ‘japoneses'», término que utilizaba con frecuencia para referirse a cualquier extranjero.
“Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo». Todo esto era muy cierto dado que Obdulio Varela tuvo toda la razón. Los uruguayos comenzaron a dominar el juego, de tal forma que a los 17 minutos del segundo tiempo Juan Alberto Schiaffino (1925 – 2002) produjo el empate. Los brasileños no lo podían creer, ¡les habían igualado en el marcador!
Pero faltando diez minutos para finalizar el partido se produjo la verdadera catástrofe deportiva para ellos. El puntero derecho uruguayo Alcides Edgardo Ghiggia (1926 – 2015 ) recibe un pase, amaga tirar la pelota hacia el centro del área. El arquero brasileño reacciona como era debido dado que comienza a desplazarse desde el palo izquierdo hacia el centro en espera de que el puntero uruguayo levante el centro y cubrir de esta forma todo el arco. Pero éste hace todo lo contrario, lo que no se esperaba, dado que patea directamente al arco y el balón entra hasta el fondo de la red entre el arquero Moacir Barboza (1921 – 2000) y el palo izquierdo, un espacio que no fue mayor a un metro. Más adelante el jugador uruguayo comentaría «Barboza hizo lo lógico y yo lo ilógico», aunque también agregó, «sólo tres personas silenciaron el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra… y yo».

Los minutos corrían para ellos a gran velocidad; para los uruguayos, en cambio, especialmente los que escuchaban el encuentro a través de la radiofonía, ese mismo lapso se convirtió en una eternidad. ¡Para Brasil y Uruguay las manecillas del reloj «se desplazan a distintas velocidades»!
Según Jules Rimet: «…Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber que hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo… «.

Dada las inesperadas circunstancias el podio no se instaló ni tampoco se tocó himno alguno. El cuerpo de custodia que acompañó a Jules Rimet a la cancha lo hizo prácticamente llorando. Este fue pues el desenlace final del partido.
Pero, ¿qué fue lo que hicieron los jugadores uruguayos una vez que finalizó la «ceremonia» de entrega de la Copa y se retiraron del estadio? Salieron a divertirse y festejar el triunfo en la costanera de la hermosa playa de Copacabana. Obviamente tenían todos los merecimientos para ello. Pero en dicho grupo faltó alguien; fue nada menos que el personaje que cargó sobre sus espaldas la gran responsabilidad del triunfo, uno que mediante el empuje de su personalidad había hecho revertir algo que se consideraba como una «misión imposible»: Obdulio Varela.
Sin que sus compañeros se dieran cuenta, prácticamente se escapó del modesto hotel en donde se habían alojado y comenzó a deambular en solitario por la ciudad carioca, las cuales prácticamente también estaban vacías. Según él mismo lo relató más adelante, entró a un bar y «me puse a tomar ‘cachaça’ esperando que no me reconocieran, porque creía que si eso sucedía me matarían. Pero me reconocieron enseguida y, para mi sorpresa, me felicitaron, me abrazaron y muchos de ellos se quedaron bebiendo conmigo hasta la madrugada»
Este hombre que hasta podía asustar al mismísimo diablo cuando se ponía serio, era también de una personalidad muy sensible. En 1996 fallece el gran amor de su vida, su esposa Catalina. Obdulio Varela no pudo soportar la pérdida de ésta, y a los pocos meses, exactamente el 2 de agosto del mismo año él también sucumbe ante la muerte. El Presidente de la República, en ese momento el Dr. Julio María Sanguinetti dispuso que se le tributaran honores especiales. Prácticamente todo el Uruguay estuvo de duelo y lloró por la pérdida del famoso «negro jefe».
El 17 de enero pasado se cumplieron 100 años del nacimiento del Negro Jefe, capitán de Maracaná.

Su vida fue tan pintoresca y difícil como el triunfo de Maracaná.
Una vez, en Maroñas, hizo un gol y cuando lo iba a festejar se encontró sentado en una silla, vestido de jugador: alguien lo había dormido de un golpe en la nunca y se despertó en el bar frente a la cancha. En esos duelos fue forjando su condición de líder.
Hijo natural criado por su madre, conoció la pobreza, pasó rápido por la escuela y se encontró vendiendo diarios a la edad de los juegos. Dicen que así se topó una vez con Batlle y Ordóñez y otra con Gardel, aunque por supuesto, ellos no supieron nunca quién era ese morochito atrevido que se metía en todos lados.
Su juventud fue trabajo y fútbol. Empezó en cuadros de barrio: Fortaleza, Dublín, Pascual Somma, hasta que llegó al Deportivo Juventud, que jugaba en la Intermedia de la AUF. Una vez viajó a Buenos Aires con un combinado barrial. Tan pobre era que tuvieron que prestarle toda la ropa. En 1938 pasó a Wanderers y por fin se convirtió en futbolista profesional.
La huelga de futbolistas de 1948-1949 terminó de erigirlo en líder de toda una generación, aunque casi resultó el fin de la historia tal como la conocemos. Hubo dirigentes que pretendieron cobrarle esa condición de cabecilla de los jugadores y por poco no lo transfirieron a Boca o lo devolvieron a Wanderers. ¿Y si no hubiera ido a Maracaná? Después fue capitán de la Máquina aurinegra de 1949, última parada antes del Mundial de 1950, y defendió al club hasta su retiro.
Ya en la Copa de Brasil ejerció su liderazgo para unificar al plantel, que dejaba de lado a Matías González por haber carnereado durante la huelga, o para concentrar a todos en el gran objetivo después que sus compañeros llegaron tarde de una noche de farra.

A su vejez, pobre pero digna, dijo lo siguiente:
“El partido de Maracaná fue como cualquier otro. Bueno, quizás algo más importante, porque era una final. Por la responsabilidad son todos iguales, sea ante rivales chicos o grandes. Nosotros sabíamos que se podía ganar, porque conocíamos al rival, habíamos jugado un tiempo antes y sabíamos que se podía hacerlo. Además, si se cree que se va a perder, mejor no entrar. Quizás ellos se impresionaron con la fiesta. No sé. Lo que sí sé es que nosotros sabíamos que se podía ganar. No le digo que estábamos seguros de ganar, porque eso no puede anticiparse nunca…”
En los tiempos modernos, Oscar Washington Tabárez es el Maestro que enseña con la biblia de uno de los 11 apóstoles del Maracanazo: les regala a sus jugadores un libro sobre la vida de Obdulio Jacinto Varela, con la condición de lectura obligatoria. ¡Qué paradoja!: Obdulio, que apenas pisó un aula de colegio primario, hace escuela en las nuevas generaciones.
Como cierre hoy podemos decir que Brasil tiene más jugadores de fútbol fichados que el número total de la población de Uruguay.

Que todo sea para bien…

Un comentario en “Con la luz del viejo jefe

  • el 13 octubre 2017 a las 11:09
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    Todos dicen que fue un grande el negro jefe ya se terminaron los caudillos en la seleccion el ultimo me parece que fue la tota lugano. Saludos.

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