Libertad, igualdad, fraternidad

No fue el lema de la Revolución Francesa de 1789, como todos lo hemos adquirido en nuestro conocimiento. Desmontaremos un mito sobre la Revolución Francesa de 1789. Ciertamente este hito histórico está repleto de mitos, puesto que, como punto de referencia del nacimiento de una nación, es habitual la inventiva en torno a él. Así, os trataré de explicar a continuación cómo se fraguó el lema “libertad, igualdad, fraternidad” y que no es cierto que fuese EL lema de la Revolución Francesa de 1789.

Durante las protestas de 1789 de la ciudadanía francesa, principalmente parisina, se utilizaron muchas frases de reivindicación popular y política. En casi todas ellas aparecían las palabras “libertad” e “igualdad”, pero se combinaban con muchas otras, como “orden”, “unidad”, “razón”, “justicia”, “fuerza”, “virtud”, “fraternidad” y más. Asimismo, habría que tener en mente que el pueblo francés no interpretaba igual que la burguesía los conceptos de “libertad” e “igualdad”. Este colectivo defendía la libertad económica (hoy en día más comúnmente conocida como liberalismo económico o capitalismo) y la igualdad jurídica para que no hubiera leyes ni tribunales diferentes para la nobleza y la Iglesia. La burguesía, así pues, aspiraba a un status superior, aprovechando la ira del pueblo en una coyuntura de crisis económica desencadenada por el alza de los costes del pan a causa de unas malas cosechas y… de la liberalización del precio del pan. Con el progresivo establecimiento del liberalismo económico la monarquía había eliminado la tasación fija de los precios de los alimentos.

Ilustración que tomamos por buena con referencia a la Revolución Francesa y pertenece a una pintura llamada La libertad guiando al pueblo, pintura de Eugène Delacroix, erróneamente asociaciada a la revolución de 1789, pese a que corresponde a los sucesos revolucionaros de 1830.

La toma de la Bastilla, 14 de julio de 1789 durante la Revolución Francesa.
Volviendo al tema que nos concierne, en el siglo XIX los liberales empezaron recurrentemente a utilizar unidas las palabras “libertad” e “igualdad”, por lo anteriormente mencionado de que identificaban significativamente su pensamiento. Por su parte, los socialistas utópicos comenzaban más a fijarse en el concepto de “fraternidad”, por su carácter social (valga la redundancia) y globalizador. En la década de 1840 solían aparecer las tres palabras ya ligadas en un mismo lema, “libertad, igualdad, fraternidad”, hasta que finalmente se consolidó en la Revolución Francesa de 1848.
No debemos olvidar que en esa época ya estaba el manifiesto de Carlos Marx, con el famoso fantasma que recorría Europa.

De hecho, se convirtió en el lema de la Segunda República Francesa (1848-1852) como acuerdo de consenso entre liberales y socialistas ante la división de criterio sobre la bandera que debía ondear como símbolo de la nación francesa. Los liberales querían la tricolor, mientras que los socialistas defendían la roja. Estos aceptaron la bandera liberal a cambio de poner el lema que se haría tan célebre para la posterioridad. Más adelante, en la Comuna de París de 1891 fue retomado, y el resto ya es Historia.
La Revolución francesa fue un conflicto social y político, con diversos periodos de violencia, que convulsionó Francia y, por extensión de sus implicaciones, a otras naciones de Europa que enfrentaban a partidarios y opositores del sistema conocido como el Antiguo Régimen. Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de estado de Napoleón Bonaparte en 1799.

Si bien, después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, la organización política de Francia durante el siglo XIX osciló entre república, imperio y monarquía constitucional, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del feudalismo y del absolutismo en ese país, y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, apoyada en ocasiones por las masas populares, se convirtió en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida en que lo derrocó con un discurso e iniciativas capaces de volverlo ilegítimo.

Según la historiografía clásica, la Revolución francesa marca el inicio de la Edad Contemporánea al sentar las bases de la democracia moderna, lo que la sitúa en el corazón del siglo XIX. Abrió nuevos horizontes políticos basados en el principio de la soberanía popular, que será el motor de las revoluciones de 1830, de 1848 y de 1871.
Los escritores ilustrados del siglo XVIII, filósofos, politólogos, científicos y economistas, denominados comúnmente philosophes, y a partir de 1751 los enciclopedistas, contribuyeron a minar las bases del Derecho Divino de los reyes. Pero ya en el racionalismo de René Descartes podría quizá encontrarse el fundamento filosófico de la Revolución. De este modo, la sola proposición «Pienso, luego existo» llevaría implícito el proceso contra Luis XVI.

La corriente de pensamiento vigente en Francia era la Ilustración, cuyos principios se basaban en la razón, la igualdad y la libertad. La Ilustración había servido de impulso a las Trece Colonias norteamericanas para la independencia de su metrópolis europea. Tanto la influencia de la Ilustración como el ejemplo de los Estados Unidos sirvieron de «trampolín» ideológico para el inicio de la revolución en Francia.

En términos generales fueron varios los factores que influyeron en la Revolución:
un régimen monárquico que sucumbiría ante su propia rigidez en el contexto de un mundo cambiante, y que, tras varios intentos de adoptar medidas destinadas a atajar la crisis política y económica, capituló ante la violenta reacción de la nobleza;
una aristocracia (la nobleza y el alto clero) aferrada a sus privilegios feudales, que bloqueó todas las reformas estructurales (de Machault, de Maupeou, de Turgot) que se intentaron implantar desde la Corte;

el auge de una clase burguesa nacida siglos atrás, que había alcanzado un gran poder en el terreno económico y que ahora empezaba a propugnar el político. Su riqueza y su cultura la había elevado al primer puesto en la sociedad, posición que estaba en contradicción con la existencia de los estamentos privilegiados, nobleza y clero;
la exasperación de las clases populares urbanas y del campesinado, empobrecidos por la subida de los precios –en particular de los cereales y del pan, base de la alimentación— y por el incremento continuo de los impuestos y derechos señoriales y reales. El diezmo que cobraba el clero, apenas servía para mantener el culto y socorrer a los pobres. El campesinado contestaba además el origen de la propiedad de los derechos y servidumbres feudales (recogidos en los llamados «libros terriers»), que les parecían abusivos e injustos;
la expansión de las nuevas ideas ilustradas;
la regresión económica y las crisis agrícolas cíclicas (la que estalló en 1788 fue la más violenta de todo el siglo XVIII), agravados por las malas cosechas en los años que precedieron a la Revolución;
la quiebra financiera provocada por los vicios del sistema fiscal, la mala percepción y la desigualdad de los impuestos, los gastos de la Corte, los costes de las guerras, y por los graves problemas hacendísticos causados por el apoyo militar a la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Esta intervención militar se convertiría en arma de doble filo, pues, pese a ganar Francia la guerra contra Gran Bretaña y resarcirse así de la anterior derrota en la guerra de los Siete Años, la hacienda quedó en bancarrota y con una importante deuda externa. Los problemas fiscales de la monarquía, junto al ejemplo de democracia del nuevo Estado emancipado precipitaron los acontecimientos.

Desde el punto de vista político, fueron fundamentales ideas tales como las expuestas por Voltaire, Rousseau, Diderot o Montesquieu (como por ejemplo, los conceptos de libertad política, de fraternidad y de igualdad, o de rechazo a una sociedad dividida, o las nuevas teorías políticas sobre la separación de poderes del Estado). Todo ello fue rompiendo el prestigio de las instituciones del Antiguo Régimen, ayudando a su desplome.

Desde el punto de vista económico, la inmanejable deuda del Estado fue exacerbada por un sistema de extrema desigualdad social y de altos impuestos que los estamentos privilegiados, nobleza y clero no tenían obligación de pagar, pero que sí oprimía al resto de la sociedad. Hubo un aumento de los gastos del Estado simultáneo a un descenso de la producción agraria de terratenientes y campesinos, lo que produjo una grave escasez de alimentos en los meses precedentes a la Revolución. Las tensiones, tanto sociales como políticas, mucho tiempo contenidas, se desataron en una gran crisis económica a consecuencia de los dos hechos puntuales señalados: la colaboración interesada de Francia con la causa de la independencia estadounidense (que ocasionó un gigantesco déficit fiscal) y el aumento de los precios agrícolas.
El conjunto de la población mostraba un resentimiento generalizado dirigido hacia los privilegios de los nobles y del alto clero, que mantenían su dominio sobre la vida pública impidiendo que accediera a ella una pujante clase profesional y comerciante. El ejemplo del proceso revolucionario estadounidense abrió los horizontes de cambio político entre otros.
Los Estados Generales estaban formados por los representantes de cada estamento. Estos estaban separados a la hora de deliberar, y tenían sólo un voto por estamento. La convocatoria de 1789 fue un motivo de preocupación para la oposición, por cuanto existía la creencia de que no era otra cosa que un intento, por parte de la monarquía, de manipular la asamblea a su antojo. La cuestión que se planteaba era importante. Estaba en juego la idea de soberanía nacional, es decir, admitir que el conjunto de los diputados de los Estados Generales representaba la voluntad de la nación.

El tercer impacto de los Estados Generales fue de gran tumulto político, particularmente por la determinación del sistema de votación. El Parlamento de París propuso que se mantuviera el sistema de votación que se había usado en 1614, si bien los magistrados no estaban muy seguros acerca de cuál había sido en realidad tal sistema. Sí se sabía, en cambio, que en dicha asamblea habían estado representados (con el mismo número de miembros) la nobleza (Primer Estado), el clero (Segundo Estado) y la burguesía (Tercer Estado). Inmediatamente, un grupo de liberales parisinos denominado «Comité de los Treinta», compuesto principalmente por gente de la nobleza, comenzó a protestar y agitar, reclamando que se duplicara el número de asambleístas con derecho a voto del Tercer Estado (es decir, los «Comunes»). El gobierno aceptó esta propuesta, pero dejó a la Asamblea la labor de determinar el derecho de voto. Este cabo suelto creó gran tumulto.

El rey y una parte de la nobleza no aceptaron la situación. Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. Sectores de la aristocracia confiaban en que estos Estados Generales pudieran servir para recuperar parte del poder perdido, pero el contexto social ya no era el mismo que en 1614. Ahora existía una élite burguesa que tenía una serie de reivindicaciones e intereses que chocaban frontalmente con los de la nobleza (y también con los del pueblo, cosa que se demostraría en los años siguientes).

La Libertad guiando al pueblo, pintura de Eugène Delacroix, erróneamente asociada a la Revolución de 1789 pese a que corresponde a los sucesos revolucionarios de 1830. Museo del Louvre, París.

La toma de la Bastilla, 14 de julio de 1789 durante la Revolución Francesa.

2 comentarios en “Libertad, igualdad, fraternidad

  • el 24 julio 2015 a las 09:23
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    qqqqqqlpario…….no me gusta mucho cuando patinan los libros pero lo bueno es que el hombre sigue investigando y la justa puede tardar pero llega.
    Esta bueno.

  • el 31 julio 2017 a las 17:43
    Permalink

    Muy buena toda esta información sobre la Revolución Francesa.

    Si les interesa tengo un borrador con un intento de fundamentar los lemas que dan cuenta del humanismo y del horizonte de utopías que tenemos los humanos.

    Saludos cordiales.

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