Un ave de paso

En casa había una cotorra, verde ella, que no vivía en jaula de lata, sino que pernoctaba en un sillón hamaca de aquellos de mimbre, que lo llevaba cortito meta pico.

El nombre no era muy original, se llamaba Pepi, pongámoslo con i latina, porque la cotorra no distinguía la i de la y griega.

Era medio atrevidota la mentada cotorra, porque del sillón arrancaba para donde le vinieran ganas.

Pernoctaba adentro de la parte del motor de una lavadora Hoover, en el patio del fondo y mi viejo maliciaba que la bendita ave canora verde, le iba a picar los cables y el día menos pensado iban a saltar los tapones.

Estamos hablando de la época en que las llaves térmicas no existían y había dos tipos de fusibles, los tapones y unos corta circuitos de loza que uno era la base por donde venía la corriente y el otro una tapa con un cuarto de rosca que daba corriente para el resto de la instalación.

Estos cuando estaban mal conectados, la corriente en la tapa, mataron a más de uno con la corriente o con la caída desde la escalera de mano después de la patada.

Estos se ponían altos, en una casa centenaria (1903) como la nuestra a unos cuatro metros o cinco del suelo.

En aquella época por disposición de UTE, los cables no podían estar al alcance de la mano y menos esas cajas.

Los cables eran de cobre por donde corría la corriente, forrados con goma para evitar choque como dicen los brasileños y luego por si fuera poca aislación forrados de una tela.

Los cables del motor de la lavarropas eran lisa y llanamente de goma porque no estaban al alcance de la mano, pero los ingleses no pensaban que las cotorras iban a agarrar de cotorro el motor del útil de limpieza.

Por la mañana se subía al sillón de mimbre y emprendía un raudo vuelo del patio del fondo, atravesando el corredor y llegando al patrio de adelante, pegaba la vuelta y aterrizaba a las risas en mi cama.

Dormido la recibía y ella se acurrucaba entre mi pescuezo y la almohada.

Si tenía necesidades que cumplir las hacía del borde de la cama para el piso, cosa que no era para nada del agrado de mi vieja.

Cuando me iba a desayunar me vestía y el ave doméstica, se trepaba a mi hombro y yo me sentía como el capitán garfio en la isla Tortuga, claro que el tema era que no era loro, sino cotorra y yo tenía ambas piernas y ninguna de palo, y el pirata en mi mente.

En el fondo había una mesa de roble donde me servían el desayuno y el bicho verde bajaba por mi brazo desde el hombro hasta el brazo, antebrazo, y mesa y le entraba a dar de punta al pan con manteca, biscochos no existían porque eso era para gente consumista.

La Pepa cuando yo le sacaba la nata al café con leche y la ponía en el plato que soportaba la taza, entraba a darle a la nata con deleite.

Todo lo comestible lo probaba, también le entraba al café con leche.

Terminado su desayuno se iba al sillón de mimbre que siempre algún marlo de choclo había para seguir trabajando el pico.

Recuerdo que una mañana había venido un amigo de Atlántida, de nuestros veraneos y estaba proseando con mi madre, de bueyes perdidos y vacas encontradas, cuando vino una vecina, Zulema, que era de Isla Mala, departamento de Florida, aunque cuando yo estuve, no vi ninguna isla, aunque ahora llega la represa del reservorio de aguas corrientes.

Cuando yo era chico la reserva de agua para Montevideo, estaba en Canelón Chico, cerca de la ciudad de Canelones.

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La vecina Zulema de mañana temprano andaba en la vuelta aprovechando que la que cumplía las funciones de suegra, doña Mama una criolla con algún ascendiente tribal guaraní o charrúa cocinaba, y ella con las uñas de los pies pintadas y la cotorra estaba trabajando en el borde del tacho de basura mientras mi vieja pelaba y recortaba verduras y ella lo que caía, lo pasaba por el pico y si servía lo metía para adentro.

Su forma de llegar al borde del tarro de basura era trepando por la pala.

Cuando vio las uñas rojas de la vecina salió como pedrada, con el pico contra el piso y dale que va con las patas chuecas, salvadas las distancias y los tamaños, parecía una carretilla y cuando llegó a las uñas, mamita para que te quiero, entro a meter pico y el hombre del interior, en aquella época Atlántida, estaba a más de una hora de camioneta., la vecina empezó a gritar, “Señora Señora, me pica la cotorra!!!! y el paisano ni lerdo ni perezoso le dijo y rásquese m’hija.

Eran otros tiempos y otros López, y doña cotorra un día iba caminando, yo con ella al hombro, suelta como era la costumbre, por los pinares de Atlántida y sin previo aviso levantó vuelo y resolvió juntarse con otras de su calaña.

A veces venía de visita por las casas, pero no creyó oportuno volver en otoño cuando se me terminaron las vacaciones a mí, espero que haya formalizado una relación con el galán verde, en esos conventillos que tienen por nidos las cotorras.

Que todo sea para bien…

1 comentario

  1. Buen historia. Yo cuando era chico visitaba a un amigo que los padres tenían una granja donde aprendi a usar la honda simpre tuve mala punteria y las cotorra se multiplicaban..

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