Librería de usados

Por Lorenzo Olivera.

Los libros usados ejercen una fascinación peculiar. Existe toda una clase de buscadores de tesoros que visitan las librerías de Tristán Narvaja y de la Ciudad Vieja tras una gema escondida, una edición rara, un autor que todavía no es de culto pero al que es cuestión de darle tiempo.

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En ese camino aparece un espécimen muy particular: el librero.

Se trata de gente que tiene una relación muy especial con los libros, los ven de muchas maneras: la fecha de edición, el número de edición, la dureza de la tapa, el diseño de la tapa, la calidad del papel, el olor del papel, la tipografía, la corrección, el tacto.
La calidad de la escritura, también, por supuesto, la calidad del autor, el reconocimiento de su firma, el goce estético, cómo no.
Cuando era muchacho y hoy siendo un muchacho con demasiado uso sigo teniendo la misma duda si soy bibliófilo o bibliómano, pero no logro pegar un ojo si no tengo mi libro al lado, así sea Isidoro Cañones o La Risa de Bergson o ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, no me puedo dormir, así me haya tomado algún whisky con los amigos.
En 18 de Julio al lado de lo que qer a el Cine Grand Palace, que con el tiempo se devino en El Galpón, Sala 18, aunque en el Galpón original no existe más y hay un edificio de apartamentos porque la piqueta fatal del progreso se tragó el galpón clásico, en el cual tuve el placer de ver y escuchar los monólogos telefónicos de China Zorrilla o de Carlos Perciavalle cuando se hacían las famosas galponeadas, con el Beto Sobrino, RubenYañez hincha de Rampla el hombre, y hacedor de la fruncionalidad del Teatro del Notariado junto con Mario Galup.
El Teatro del Notariado fue hecho exactamente al revés, donde se tenía que absorber el sonido, reverberaba y donde tenía que rebotar era absorbido, pero fue todo un problema de costos, porcentaje de honorarios.
Una pared tapizada de madera es más cara que una pared revocada simplemente, pero absorbe el sonido y no lo rebota.
Las butacas forradas absorben el sonido y entonces la sala se comporta igual llena que vacía.
Eso lo tuvieron que resolver Mario y Ruben con un ser excepcional un ingeniero electroacústico, hoy fallecido.
Pero eso será objeto de otro artículo.
Al lado del Galpón hacia el centro estaba el Balón de Oro, un lugar muy fino, prolijo, donde se comía excelente y se pagaba normal.

libre-224-11_435x326Un lugar característico de la zona.
Luego venía una librería de usado, llena de libros de bote a bote y al lado el almacén Singer, del querido amigo Singer, que a pesar de ser de la colectividad en la Santa Semana Criolla y de Turismo, vendía bacalao hasta decir basta.
Pero lo mío cuando muchacho y ahora también era la librería Sureda, que en aquella época la atendían las dos hermanas.
Conocía al hermano de ellas Pedro Sureda que era encuadernador.
Susana tenía y tiene memoria biónica, porque en las pilas de libros totalmente fuera de orden para un profano como uno, sabía que libro estaba y dónde y eso que el público colaboraba eficientemente en desordenar y entreverar todos los libros.
Con mis pesos de estudiante yo tenía crédito en la casa, porque me conoc`´ian y conocían a mi hermano mayor por parte de Pedro.
Yo trataba siempre con Susana.

Era un ritual, venía del Liceo No. 5 José Pedro Varela, que estaba en el mismo local que el IAVA, después hice mis preparatorios en el propio IAVA y luego la Facultad en la de Derecho, al volver para mi casa por 18, hacía una paradita ritual en lo de Sureda y seguía después hasta la calle Vázquez y rumbeaba para el Sur.
Tenía debilidad por los libros de Aguilar, la colección de Obras Completas o la de Premios Nobel encuadernados los primeros en una cuerina y los segundos en un plástico celeste e impresos los libros en papel simil biblia.
Susana decía que a pesar de la pinta no eran buenos libros.
Claro que por su costo la única forma de acceder a ellos era en la forma de usados.
Hoy pienso que alguien se había gastado una fortunita en un libro nuevo y terminaba vediéndose en usados, sin aparentemente haber sido utilizados.

Vaya uno a saber las vueltas que tuvo ese libro, tal vez robado por un empleado o vendido por necesidad económica del dueño o dueño muerto y la familia vende la colección completa.
Me ha pasado de encontrar libros firmados por personas de renombre vendidos en la calle Paysandú de la feria de Tristán Narvaja.
De ahí en más no volvía a firmar libros, aunque los que compré en Sureda los tengo firmados y la encuadernación en cuerina, le entró la polilla y tal vez Susana tuviera razón en eso o simplemente se refería a la calidad de la impresión.
Tengo que desinfectar y encolar dos estantes de libros de Aguilar apolillados con tapas sueltas y desinfectarlos con algún sistema eficaz.
No puede ser que a los 50 años los libros estén en ese estado deplorable cuando libros de editorial Tor, ordinarios como ellos solos, se mantienen amarillo el papel pero no se desarman.
En las librerías se conocen seres muy especiales, por ejemplo el que frecuentaba la de Sureda era Gastón Figueiras, hijo del que hizo los libros en que estudió mi madre en la escuela, es un bicho de librería, que hasta olor a humedad tenía, como los libros viejos y mal ventilados, siempre con un pilot gris, medio grasiento.
No era persona amable ni de buen trato. Lo de él eran exclusivamente los libros.

Vivía en la casa ancestral de la calle Magallanes.
También me encontraba con el IngAznarez, si el propietario de Rausa y mucha cosa más en aquella época, persona afable, comunicativa, que compartía sus conocimientos sobre libros con quien hablar era una cosa que hacía aprendiendo, por ser yo un muchacho joven y él una persona de empresa y de edad.
Pasaron los años, no compré mas de usado y hoy veo que Sureda se mudó para la calle Arenal Grande entre Rivera y Rodó y que Singer ocupó el lugar donde estaba antes la librería.
Y por supuesto Susana Sureda con sus 81 años sigue al frente de la librería y manifiesta su intención de seguir con el negocio hasta el final, no del negocio sino de su vida, porque sin estar entre libros no sabría que hacer de su vida.
Susana Sureda está rodeada de libros desde que nació y bien podría ser el cuento de su vida.
Su padre fundó la librería en 1923, después de años de vendedor en la feria Tristán Narvaja.
Ella nació en 1932.

Empezó a colaborar en la librería desde que era una niña y dice que era lo que más le gustaba hacer.
Desde 1955 está al frente del negocio, que lleva su apellido y está en Arenal Grande entre Rivera y Rodó.
Es un lugar muy particular.
Parecería que los libros crecieran y se agarraran a las paredes como una enredadera, o que fueran un solo organismo hecho de millones de páginas y decenas de miles de tapas.
Sin embargo, ese monstruo se lleva muy bien con su dueña. “Siempre estuve entre libros”, dice con una sonrisa juvenil, a sus 81 años, sentada en un banquito de madera en la base de una montaña de libros, ataviada con una túnica.
Para ella el oficio de librero es maravilloso, porque genera una amistad entre el cliente y el librero.
Hay gente que busca algo específico pero hay otros que piden consejo, y también están los que enseñan, porque hablan de autores y temas que uno tiene que buscar y aprender”.
Sureda trabaja sola y debe tener dos o tres decenas de miles de libros.
Están por todos lados; solo hay pequeños senderos para caminar entre ellos.
Cuando era niño y mi padre compraba libros usados, por aquello de la tuberculosis y otras enfermedades infecto, él los ponía abiertos en un horno eléctrico y con la temperatura pensaba que eliminaba los riesgos.

Viví toda mi vida entre libros y no me contagiaron nada más que un montón de kilos en la barriga de vivir sentado, llevar una vida sedentaria como dicen los médicos.

4 comentarios en “Librería de usados

  • el 23 mayo 2014 a las 11:12
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    La calle Tristan Narvaja es esos de los lugares para recorrer mas lindos de montevideo, porque cuando paseas te encontrar libros perdidos, de esos que prestaste alguna vez y nunca te devolvieron.

  • el 6 febrero 2015 a las 23:59
    Permalink

    YO . . . EL LIBRO USADO

    “Soy conocimiento, luz y pensamiento.”

    Orgulloso grito,
    mi origen bendito,
    nací en una imprenta,
    sin mancha ni afrenta.

    Crecí en los estantes,
    baldas, confortantes,
    pasé varios años
    en los entrepaños.

    Anaquel, repisa,
    sin correrme prisa,
    me mostré en vitrinas,
    algunas muy finas.

    Probé aparador,
    también mostrador,
    sabia estantería,
    de una librería.

    Por cierto descuido,
    caí en el olvido,
    sólo, sin respaldo,
    viví siendo saldo.

    En bodegas varias,
    sintiéndome paria,
    estuve apilado,
    dañado, . . . cansado.

    Lleno de pesares,
    conocí bazares,
    anduve en las “ferias”
    de las periferias.

    En tianguis de barrio,
    padecí “mal fario”,
    sentí escalofrío,
    toqué suelo frío.

    Sufrí, cual gusano,
    fui de mano en mano,
    de gente ignorante,
    conducta aberrante.

    “Cháchara”, me dicen,
    “viejo”, me maldicen,
    arrancan mis pastas,
    preciosas y castas.

    Me rompen las hojas,
    que lucen añosas,
    me pisan, me avientan,
    mi ser desalientan.

    Hoy, luzco maltrecho,
    mas no soy desecho,
    aunque estoy “usado”, . . .
    quiero ser comprado.

    Respeto exijo,
    con celo prolijo,
    requiero cuidado,
    ser revalorado.

    Pues, no soy “pirata”,
    de tinta barata,
    cultura contengo,
    a eso me atengo.

    Necesito, urgente,
    por lúcida gente,
    ser reglamentado
    y . . . dignificado.

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., a 15 de octubre del 2007
    Dedicado a mi papá, Gonzalo Ramos Amaya (QEPD)
    Reg. SEP Indautor No. 03-2008-071113112400-14

  • el 20 mayo 2015 a las 19:34
    Permalink

    LIBRERIA DE VIEJO

    “Se vuelve lo más deseado, el hallazgo . . . inesperado.”

    Librería de viejo,
    la de aroma añejo,
    librería de usado,
    del tiempo pasado.

    Frecuentes visitas,
    todas exquisitas,
    lugar fascinante,
    misterio constante.

    Pisar laberinto
    del saber, . . . recinto,
    encapsulamiento
    del conocimiento.

    Como en docta gruta,
    emprender la ruta,
    seguir el camino
    de nuestro destino.

    Andar callejones,
    recorrer secciones,
    vagar por pasillos,
    estrechos corrillos.

    Vivencia, existir,
    mundano sentir,
    vitrinas, estantes,
    sorpresas bastantes.

    Mirar ejemplares,
    goces oculares,
    bellos empastados,
    folletos gastados.

    Observar impresos,
    volúmenes viejos,
    textos incunables,
    todos invaluables.

    Colecciones serias,
    las enciclopedias,
    ex libris, cultura,
    el arte es ventura.

    Curioseando vibro,
    ¡bendito es el libro!,
    en manos delicia,
    táctil la caricia.

    Hojeando las obras,
    la vida recobras,
    nostalgia, emoción,
    late el corazón.

    Clásico adorado,
    descatalogado,
    revistas añosas,
    esperan ansiosas.

    ¿Estudiar tú gustas
    las biblias vetustas?,
    esas más antiguas,
    hoy, están exiguas.

    Leyendo, no pecas,
    joyas, bibliotecas,
    de papel alhajas.
    tu ser agasajas.

    Precio, poco importa,
    su edición te aporta,
    sapiencia, instrucción,
    sabia educación.

    Librero anticuario,
    arca, relicario,
    que asilas los saldos,
    opacados, gualdos.

    Bodegas, tapanco,
    Cliente digno, franco,
    de segunda mano,
    Mercader, hermano.

    Repudio a lo injusto,
    el trato más justo.
    alma reconcilia,
    tomos, bibliofilia.

    Preservar el rito,
    lo demás . . . es mito,
    ¡hábito, fiel tradición,
    el hallazgo de ocasión!

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., a 14 de marzo del 2006
    Dedicado al Sr. Fermín López Casillas
    Reg. SEP Indautor No. 03-2007-082112003600-14

  • el 31 julio 2016 a las 18:14
    Permalink

    La última parte es plagio de una nota del observador. Un amante de los libros podría al menos haberse tomado el trabajo de citar para hacer justicia a la fuente.

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