¿Todos somos Charlie?

Por Iara Bermúdez y Waldemar Garía
El miércoles 7 de enero, tres terroristas atacaron la sede del semanario de humor Charlie Hebdo en París, matando a 11 periodistas y 1 policía. El pasado domingo una manifestación multitudinaria por las calles de París repudió este hecho. Esa manifestación fue encabezada por varias decenas de políticos de todo el mundo que se hicieron la foto pero lejos de la multitud, lejos del pueblo.
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Cualquier tipo de terrorismo es reprobable y no se puede justificar desde ninguna posición. El hecho de sentirse atacado, ofendido, menoscabado, insultado no es razón que justifique la justicia por propia mano y mucho menos el asesinato. Dicho esto, y que quede muy claro, tampoco se puede justificar que decenas de líderes políticos se junten para manifestarse contra el terrorismo y para defender la libertad de expresión, cuando muchos de ellos son culpables de miles de muertos, de cientos de presos políticos, de coartar la libertad de expresión. Es un espectáculo casi pornográfico ver a Netanyahu y a Mahmoud Abbas manifestándose en primera línea después de la masacre que Israel ha perpetrado contra la población Palestina hace unos pocos meses y de los ataques con misiles lanzados desde Palestina sobre Israel. Algunos representantes de países árabes donde no existe la libertad de expresión y los periodistas son detenidos por decir lo que piensan o simplemente por contar hechos que los gobiernos quieren ocultar se muestran ante el mundo como verdaderos demócratas. Ver al presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, manifestándose por la libertad de expresión cuando su gobierno acaba de promulgar la ley “mordaza”, que coarta la libertad de expresión de los españoles es indignante. Que el presidente ucraniano que provocó una guerra civil después de derrocar al presidente legítimamente elegido se pavonee como un adalid de la paz es una verdadera hipocresía.

Los países que fabrican las armas con que fueron asesinados los periodistas de Charlie Hebdo, estaban representados en esta manifestación de la hipocresía mundial. Estos países que lideran y patrocinan todas las guerras que se producen a lo largo y lo ancho del planeta y que mantienen la industria armamentista que tantos dividendos generan a sus privilegiadas economías y tantos muertos a los países menos favorecidos se sienten víctimas de lo que ellos mismos han creado. La propia Hillary Clinton reconoció públicamente en una entrevista que fueron los EE.UU. quienes crearon Al Queda, para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán.

Nuestra civilización occidental, a través de sus líderes, se manifiesta en repulsa de este terrible atentado contra unos periodistas cuya única culpa es utilizar la pluma contra aquellos que son intolerantes. Sin embargo para llegar a esto hemos tenido que pasar 400 años de inquisición, cuatro Cruzadas contra el “infiel”, al que había que cristianizar por la fe o por las armas. Hemos tenido que padecer el genocidio de los pueblos nativos de América, África, Asia y Oceanía. Pero no tenemos que ir tan lejos, los muertos, los desaparecidos, los que sufrieron prisión política, los torturados de los regímenes totalitarios que proliferaron durante la segunda mitad del siglo pasado, siguen sin el consuelo de la justicia. Cientos de presos políticos llenan las cárceles de medio mundo por defender ideales de justicia, decenas de periodistas están privados de libertad por contar la verdad y por denunciar los abusos del poder.
La hipocresía del poder, se ha hecho patente una vez más y los grandes medios de comunicación han mostrado al mundo, a través de las pantallas, la cara más hipócrita de unos políticos que como Casanovas o Don Juan seducen al pueblo llano con gestos para la galería que nunca tienen nada que ver con sus acciones de gobierno.

Al cierre de esta edición, miércoles 14 de enero, se cumple un año de la muerte de Juan Gelman. Queremos terminar esta nota con una poesía del gran poeta como evocación de su memoria y como homenaje a los periodistas asesinados.

Epitafio
Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.

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